Bogotá y Cundinamarca son un dueto ganador. Si sumamos las capacidades de ambos como resultado se obtiene una “región” de peso extraordinario. Algo que significa alrededor del 30% del PIB; tener el primer puesto en las evaluaciones de Pruebas Saber; el mejor desempeño fiscal del país, según Ministerio de Hacienda, y el mejor esfuerzo sostenido en reducción de pobreza de acuerdo con el DNP.

La proyección del futuro de Bogotá para las próximas décadas pasa por sin duda por el fortalecimiento de la sinergias con el departamento. La dinámica del desarrollo ha generado el crecimiento poblacional de municipios habitados por numerosas familias que trabajan y estudian en la capital; pero también se ha fortalecido en ellos la actividad económica por la instalación de empresas que se han trasladado o que son inversiones nuevas en el país y son atraídas por los incentivos locales.

Esa integración que se viene dando de facto se debe fortalecer y organizar aprovechando las fortalezas propias de cada parte, alineando esfuerzos y buscando una planeación adecuada que haga efectivo el potencial de desarrollo de la Región y Bogotá como un todo.

Esa aspiración plantea desafíos y oportunidades que se deberían abordar con criterios técnicos y mediante la construcción de una visión conjunta de largo plazo, que tenga como objetivo seguir mejorando la calidad de vida de los habitantes. Pero no hemos reflexionado sobre lo que Cundinamarca quiere y tiene que decir al respecto, o sobre cómo se percibe a Bogotá desde afuera. El enfoque ha estado planteado hasta ahora desde punto de vista de la capital.

Por ejemplo, al hablar con los alcaldes de los municipios vecinos encontramos que ven esta relación como inequitativa, más desde las imposiciones, que desde el diálogo, aspecto sobre el cual valdría la pena llamar la atención. Por otro lado, la encuesta de ProBogotá “Así Vive y Siente Bogotá Región” reveló que para estos municipios el principal problema es la inseguridad, seguido de la movilidad, dos asuntos que no necesariamente encajan con el imaginario que tenemos ellos.

En este sentido, si bien Bogotá esparce externalidades positivas a su entorno -como lo es el acceso a mejor educación, a conocimiento, y a todo tipo de bienes y servicios- también hay aspectos negativos a considerar. Bogotá les genera problemas de microtráfico que han cruzado las fronteras adminstrativas del Distrito Capital, desorden en la movilidad que no deberían existir en virtud a sus poblaciones, o migración de familias de escazos recursos que generan una carga en materia de prestación de servicios sociales por parte de las administraciones, que en muchos casos no tienen la capacidad.

Tal vez si entendemos cómo es la experiencia de ser vecino de la capital se pueda avanzar en la construcción de esa región de la que tanto se ha hablado, que le traería a Bogotá beneficios como espacio -que no tiene-; potencial en recurso humano; recursos naturales abundantes –como agua y alimentos- que necesita para ser viable en el largo plazo.

Este panorama es suficiente razón para tratar de equilibrar las relaciones de vecindad. Ahora, tal vez la pregunta relevante sea, cómo hacerlo. En una época de comienzos, un mensaje para los nuevos mandatarios es entonces sí tienen la voluntad para ello.

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