El 2018 será un año decisivo para el futuro ambiental de Bogotá. La administración Peñalosa comenzará la operación de un nuevo esquema de aseo, abrirá la licitación que permitirá renovar la flota de Transmilenio -para transportarnos en buses menos contaminantes que los que hoy se mueven por las calles capitalinas-, pero sobre todo será un año para debatir la propuesta del nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT), que hasta ahora sólo conocen en detalle algunos funcionarios distritales.

Los planes de ordenamiento territorial se formulan para una vigencia de 12 años. El que tenemos vigente, que es esencialmente el primero y único que ha tenido Bogotá -a pesar de sus múltiples revisiones y un intento frustrado de modificación estructural que hoy reposa en un juzgado-, está pasando aceite desde hace tiempo. ¿Cómo será el desarrollo urbano de Bogotá en el mediano plazo? Es una pregunta que debería encontrar respuesta antes de que termine el tercer año de gobierno distrital. Y, sin duda, nuestra oportunidad para mejorar la calidad del aire y el ambiente bogotano se juegan en el nuevo POT.

El tema que ha concentrado la atención de los ambientalistas es la probable urbanización de la famosa reserva Thomas van der Hammen. En los próximos días, y después de 15 años de esfuerzos para motivar su definición, declaración y plan de manejo vigentes, las autoridades ambientales nacional y regional se disponen a decidir sobre una eventual delimitación de la reserva. Pero más allá de las decisiones que el Ministerio de Ambiente y la CAR puedan llegar a tomar, el POT reabrirá la discusión sobre el modelo de crecimiento de la ciudad, que es el triple:

¿Cuánto es necesario crecer? Aunque claramente resulta difícil acordar un escenario de proyección demográfica en ausencia de un censo reciente, la administración distrital ya fijó su postura al respecto: habría que duplicar el número de viviendas existentes, en los próximos 40 años, construyendo 2,7 millones de hogares adicionales. Eso requeriría prácticamente todo el suelo plano disponible en Bogotá y más.

¿Cuánto es posible crecer? El reto fundamental está en asegurar la correlación entre la necesidad de producción de suelo urbanizable y la capacidad de la ciudad de proveer la infraestructura y los equipamientos necesarios para su desarrollo equilibrado y sostenible. Sólo así se garantizará la consolidación progresiva de sectores de ciudad compactos, con usos mixtos, bien conectados, con acceso a sistemas de transporte de alta frecuencia y bajo costo. De modo que, aun admitiendo ese horizonte a 40 años como visión a largo plazo de la ocupación del territorio, el POT deberá acotar la necesidad de un nuevo suelo de expansión a aquel perímetro que Bogotá estará en capacidad de habilitar para su uso urbano durante la vigencia del plan. Es probable que sólo la urbanización de los cerca de 2.000 hectáreas de Ciudad Lagos de Torca, con sus 150.000 viviendas programadas, nos tome esos 12 años.

¿Cómo hay que crecer? Cualquiera que sea la necesidad de proyectar y construir vías, corredores de transporte masivo, agua potable, alcantarillado pluvial y sanitario y otros servicios públicos, parques, colegios, hospitales y demás equipamientos para acomodar las futuras viviendas y actividades económicas, es necesario que el POT evite agravar y ojalá corrija los problemas de la ciudad que ya existen, que son muchos y con grandes impactos ambientales: las aguas negras vertidas en todos los ríos y las quebradas, las densidades residenciales lejos de las concentraciones de empleo con tiempos de desplazamiento muy largos, costosos y cada vez más motorizados, los déficits de colegios públicos, la congestión del transporte a los colegios privados, el insuficiente espacio público y verde disponible por habitante, la mala calidad del aire resultado de todo lo anterior, las 7.000 toneladas diarias de basura dispuestas en un relleno cerca de su final de vida y en condiciones de manejo lejos de la ejemplaridad, y tantos otros… En últimas, es imperativo organizar mejor el desarrollo urbano y mitigar su impacto en el ambiente.

En este sentido, muchas ciudades en el mundo han tomado medidas para mejorar la calidad del espacio público, incentivar el uso del transporte público y desincentivar la tenencia de vehículos particulares, para facilitar el uso y el parqueo de bicicletas, para aumentar el uso de energías alternativas en la producción de electricidad y para propiciar un manejo selectivo de los residuos aprovechables desde la fuente de su producción. De las ciudades europeas, quizá la medida más importante como ejemplo para Bogotá consiste en reservar todo el espacio verde necesario para el drenaje natural y la retención del agua lluvia, incluso donde la ciudad está consolidada. En pocas palabras, si queremos dejar de sufrir de los encharcamientos e inundaciones de una ciudad que ha desconocido históricamente el problema del agua en su planeación, es necesario dejar de llenar de cemento la ciudad, y el POT es uno de los instrumentos para hacerlo. Las tendencias en el mundo han cambiado: si los cuerpos de agua antes se canalizaban, hoy se están renaturalizando; si los modos de crecimiento del siglo XX llevaron a la conurbación de las ciudades, el urbanismo del siglo XXI busca evitarla; si durante mucho tiempo el medioambiente no fue una prioridad y el crecimiento de las ciudades se dio incluso en su detrimento, es evidente que lo de hoy es el equilibrio y la sostenibilidad.

En 2018 Bogotá tiene que dar el debate sin miedo, buscando responder todas estas cuestiones para que el POT ayude a consolidar definitivamente una ciudad sostenible en el mediano plazo.

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El espectador

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